jueves, 26 de septiembre de 2013

Coscorronazos varios.

He pasado una noche algo intensa. 

Al principio no conseguía conciliar el sueño, supongo que debido al exceso de té negro en la sobremesa, que sí que me encanta pero luego me pasa factura por comisión de servicios; me veo dando vueltas de un lado para otro, con lo que soy yo de caer ya dormida en la cama. Más tarde mi Cachorro que por fin y después de dos años tras su adquisición, duerme en su cama colindante, pequeña, destinada para tal uso, comienza con nuestra veraz batalla nocturna. 

Todo comienza así: primeramente después de su cuento con su padre o conmigo se queda dormido en la cama grande, en la zona que él se aferra en llamar, su laillo (su lado). Cuando nosotros nos vamos a dormir, lo cogemos y arrastramos hasta su cama, pegada tal cual a la nuestra que parece que tengamos un solo bloque de 2,40 metros. A su lado yo, y al mío, papá. Bella, después de dar como diez vueltas sobre sí misma duerme acurrucadita mas bien cerca de los pies de la cama pequeña, duerma quien duerma en ella, para con las primeras luces del alba pasarse a los pies de papá en la grande. Transcurridas las primeras horas de la noche con todos colocados en nuestra parrilla de salida comienza la gran aventura.


El Cachorro, no tengo ni idea sobre que hora mas o menos, lástima que no pueda corroborar  en este momento el dato con su padre, porque estoy más que segura que él sí que lo conoce, se despierta (su consciente está profundamente dormido) y tal cual suricato, de rodillas o incluso de pie me busca con los ojos muy abierto, el alma muy dormida y me localiza; se tira sobre mí en plancha, esto es tan literal como cierto, su objetivo: situar su cabeza tan cerca de la mía como le sea posible. Imaginad el resultado, seguido del inevitable coscorronazo. Él ni se inmuta, pega su frente con la mía y se vuelve a sumergir en su profundo descanso. Mientras que busco me espacio merecido y expropiado en su padre, un bloque macizo, inamovible, imperturbable con una molestosa y rígida almohada en los pies y nada en lo que poder apoyar la cabeza, me frenan el paso para alcanzar 'mis anchas'.

Este episodio puede repetirse tantas veces como sea necesario hasta que decido que mejor me paso a la cama pequeña después de arrebatarle al pequeño usurpador mi almohada. Llego exhausta y con las extremididas entumecidas por los músculo engarrotados, asfixiados, sin espacio (¡madre, cómo exagero!).
Una vez en la inmensidad de los 90 cm para mí solita, caigo en la cuenta al notar una bolita peluda a la altura de mi cadera que tendría que compartirla con Bella: ''-Bella, alé, a la cama grande-.'' La pobre, resignada, obedece.

Momentos de gloria, minutos de paz.

El 'suricato' vuelve a la carga. Posición de búsqueda, objetivo encontrado, lanzamiento empicado. Coscorronado en toda la frente. ¡¡Ay!!. A estas altura no es el cuerpo de su padre el que frena mi inevitable caída al vacío, porque es justo donde me dirijo. A si que me toca, re-recupero mi almohada, ella y yo somos una e indivisible en la oscuridad y nada ni nadie nos separará, y vuelvo a mi lugar en la parrilla de salida.

El 'suricato' vuelve a la carga. Pero ya, con las primeras luces del día, disfruto de su calorcito, de su respiración tranquila y acompasada y de sus manillas alrededor en mi cuello. Qué placer.

Esta mañana abrimos los ojos, nos miramos, y él suspira profundamente: "-¡¡Buenos días mami!!, qué agustito duermo contigo."

"-¡Y yo mi vida y yo!."



Me resta contar que, gracias a la Pachamamá, todas las noches son así, pero lo normal es seguir todo este ritual dormida plácidamente y descansando. A veces me despierto en la cama pequeña y no recuerdo como he llegado hasta allí. Todo depende de la intensidad y la localización exacta de los coscorrones en cuestión. Normalmente amanecemos así, acurrucados los tres, bueno los cuatro porque Bella ya nos acompaña, en 80 cm, dejando los 160 restantes para quien tenga que venir detrás.

Lo que realmente me gustaría sería grabarnos toda una noche con una de esas cámaras de visión nocturna; para poder verla tantas veces como quiera, cuando ya mi Cachorro decida que no quiere compartir más sus sueños con nosotros.

Porque aunque no quiera que llegue, ese día llegará.


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